Era un lunes cualquiera, yo iba en mi coche a las 3 de la tarde camino de mi trabajo y paré en un semáforo. Se me acercó un hombre, no muy alto, recuerdo que llevaba unos pantalones granates llenos de grasa y polvo y un suéter beige de lana con coderas verde militar. Su barba y bigote blancas como la nieve, sus ojos marrones… con mirada triste y cansada le daban un aspecto un tanto especial.
Normalmente siempre subo la ventanilla cuando se me acerca alguien a pedir, pero esta vez me dio un vuelco el corazón, no sé la razón, pero dejé la ventanilla bajada. Iba limpio y algo en mi interior me dijo que le escuchara:
– Por favor, ¿No podría darme un cigarrillo?
– Por supuesto que sí. Tome – y le ofrecí dos o tres, pero él solo aceptó uno y una moneda de 25 pesetas.
– Muchísimas gracias señorita – me contestó.
Me quedé asombrada al ver tanta amabilidad y educación. Mi asombro aumentó cuando me dijo:
– Que tenga un buen día.
El semáforo cambió, se puso verde, le di las gracias y continué mi camino. Mi cabeza empezó a imaginar que había llevado a aquel hombre a ser mendigo. Tú sabes que no es normal tanta amabilidad. A partir de entonces todos los días le daba 25 pesetas y un cigarro, así transcurrieron dos semanas más o menos.
Estaba como siempre parada en aquel semáforo y llamé al mendigo. El se me acercó y me dijo:
– No puedo aceptar su dinero señorita, usted me da dinero todos los días.
Me quedé atónita, sentía por ese hombre un cariño tan especial… que le contesté:
– 25 pesetas no es dinero, me ofendería si no lo aceptara.
El me dijo:
– No sé el tiempo que estaré aquí, ha llegado un grupo de jóvenes que venden pañuelos. No tardarán en tirarme y ocupar mi lugar – y terminó diciendo – Que Dios la bendiga.
– Que Dios le bendiga a usted.
Se acercaba la Navidad y pensé en hacerle un pequeño regalo, le compré un cartón de tabaco, una botella de Cava y una tableta de turrón. Cuando llegan estas fechas, nos sentimos como más cariñosos, con ganas de amar y sentir amor. Es una pena que no sea así durante todo el año. Pero sigamos con la historia.
Llegué al semáforo acostumbrado y en lugar de estar mi amigo el mendigo, estaban unos jóvenes vendiendo pañuelos. Subí la ventanilla y volví a casa. No se la razón pero las lágrimas inundaban mis mejillas. ¿Dónde estaría mi amigo? ¿Y sus Navidades?. No pude despedirme de él. Lo único que hice fue rezar esa noche y pedirle a Dios que cuidara de él estuviese donde estuviese. Desde entonces cuando estoy parada en un semáforo miro a la gente pasar por si volviese a encontrarme con él. No debemos juzgar a las personas por su apariencia, nos podemos llevar más de una sorpresa.
Son cosas cotidianas, de repente alguien te pregunta la hora, ó una dirección y una especie de magia envuelve tu cuerpo sucediendo historias como esta.